Por otra parte, para cualquier actor las películas biográficas son una excelente oportunidad para demostrar su valor interpretativo. Hemos visto cómo muchos se han llevado varias estatuillas, como el caso reciente de Meryl Streep con Margaret Tatcher, o Marion Cotillard con Edith Piaf; y cómo alegan haber pasado meses preparándose para tan ansiado rol: desde larguísimas horas de maquillaje hasta muchísimas noches estudiando al personaje en libros, videos, revistas, grabaciones de audio y cualquier cosa que dé pistas suficientes para desentrañar a la persona.
En este caso, Clint Eastwood coloca a Leonardo DiCaprio en la piel de J. Edgar Hoover, quien en la historia estadounidense es conocido por ser la cabeza del FBI por más de 40 años.
Hoover, definido como un burócrata devoto y metódico, abnegado patriota y anticomunista hasta la médula, se convirtió en la figura más autoritaria en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX, a cargo de la seguridad de la nación más poderosa del mundo, pero utilizando un sistema que en su momento se consideró ortodoxo pero que hoy forma parte de una estructura efectiva; por ejemplo, y específicamente, la implementación del sistema de huellas digitales para resolver crímenes, un sistema con el que logró fichar a más de 100 millones de personas en su base de datos.
Por supuesto, en J. Edgar está la historia del director del FBI, pero detrás de ella, y de la mano de Eastwood, hay una figura más sorprendente, apasionante y ambigua.
El guión, escrito por Dustin Lance Black (Milk), alterna los acontecimientos de los últimos años de vida del funcionario, interpretado por un meticuloso y preciso DiCaprio, y la reconstrucción de algunos de los eventos que lo colocaron en el centro de la toma de decisiones del imperio norteamericano, precisamente, a través del almacenamiento de archivos secretos que detallaban intimidades y hechos comprometedores de las figuras políticas más importantes del país.
Pero como toda película biográfica suele estar más influida por el retratista que por el propio modelo, Eastwood se adentra en la vida privada y social de Hoover mostrando, por un lado, el modelo de crianza ejercido por su madre (personificada por la fantástica y respetable Judi Dench) y, por otro, la sospechosa amistad con su leal asistente durante toda su trayectoria, Clyde Tolson, interpretado equilibradamente por Armie Hammer.
J. Edgar resulta compleja, con cientos de capas solapadas unas con otras, llenas, a su vez, de la muestra de una sexualidad desgarrada y torturada de Hoover, pero suficientemente cuidada para edificar el lado más humano de un hombre poderoso, con una imagen pública impecable al inicio de su carrera y decadente al final.







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