Quizás si hablamos con los cineastas muchos coincidan con que su trabajo no es más que un reflejo de la realidad, como es el caso de filmes como Hermano, La Hora Cero, Secuestro Express, y por supuesto: El manzano azul. Mientras que otro sector apuntará que su objetivo es mostrar un fragmento de la historia para que entendamos, como sociedad, de dónde venimos, para mejor ejemplo filmes como Taita Boves, Zamora, Memorias de un soldado…
Entonces tenemos al cine nacional dividido en esas dos vertientes. La histórica y la actual, esta última enfocada hacia los dramas familiares. Sin embargo, en todas está Venezuela y su complicada realidad.
Es trillado, pero cierto. Desde hace un par de años para acá la situación del cine venezolano ha cambiado. Poco a poco el espectador ha aprendido a verlo con ojos de aceptación, y hasta con orgullo; esa receptividad también está acompañada por la ayuda de instituciones como el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) y la Villa del Cine, que reciben las propuestas de los cineastas y financian los proyectos.
Y después de una difícil selección y de meses -a veces años- de trabajo duro de producción, las películas llegan a la salas de cine para que los venezolanos puedan “verse”.
En El manzano azul es cierto que no hay barrios ni hay groserías. Lo que sí hay es una esencia de hábitos perdidos, que son rescatados amablemente por el director y guionista Olegario Barrera, y nos hacen recordar que aún hay bondad, tanto en el cine como en la realidad.
Contrario a lo que se pueda pensar, la película de corte familiar no es un retrato de la infancia, más bien es un retrato de la pérdida, tanto de costumbres como de seres queridos.
El filme se centra en la relación entre Diego (Gabriel Mantilla), un niño de once años que siempre ha vivido en la ciudad, y su abuelo Francisco (Miguelángel Landa), quien después de tener una vida plena decidió pasar sus últimos años en un campo en el páramo andino.
A pesar de las diferencias iniciales, los personajes van encontrando puntos medios y la buena química entre los actores, así como la grandiosa experiencia de Landa, hace que esa premisa inicial tome fuerza, aunque en ocasiones el guión contenga situaciones innecesarias para su desarrollo, y en otras no ofrezca lo que realmente hace falta a estas alturas al cine nacional: un punto efectivo para la reflexión.
Ya no basta sólo con mostrar lo que somos, ya lo sabemos, es momento de proponer. Quizás necesitamos un cine que denuncie, tal vez debemos ver más barrios y más malandros, para que podamos detenernos a pensar cómo hacer un cambio.






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