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La dama de negro: Horror en la oscuridad

“Los cineastas de la crueldad”, ese fue el término que utilizó José García Escudero, quien fue director general de Cinematografía y Teatro en España en varias ocasiones, para referirse a esos directores que optaban por explotar los malos sentimientos como método “taquillero”.
En ese saco, García colocaba a Roman Polansky como el director más cruel de todos, y a la vez el más rentable, gracias a su filme La semilla del diablo, al convertirse en alguien capaz de ponerse al servicio “de lo más degradante y turbio de la naturaleza humana”, y no tener miedo alguno en mostrarlo.
El horror siempre ha estado presente en el cine, nada más basta con saber que Nosferatu se estrenó en 1922 para corroborarlo, pero ahora más que nunca ese horror es capaz de mostrarnos al mal frente a frente, con altas dosis de suspenso y con violencia, en algunas ocasiones sugerida y en otras no.
Esas características de crueldad (aunque no extrema, como en todas las entregas de Saw, Juego de miedo), y de suspenso, son las que encontramos en La dama de negro (The woman in black).
La adaptación cinematográfica de la novela de Susan Hill funde la época de principios de siglo XX con una atmósfera oscura, rasgos góticos y fuerte influencia del horror japonés.
En el filme, el abogado Arthur Kipps, interpretado por Daniel Radcliffe, es enviado a un pueblo inglés para liquidar los papeles de una mansión tras el fallecimiento de la dueña, pero la casa tiene su propia historia oculta.
Una mujer vestida de negro, relacionada con la casa, abduce a los niños del pueblo para que se quiten la vida. Así que no sólo tenemos los crujidos, susurros y apariciones que se encuentran en las casas embrujadas y del suspenso fantasmal, sino que vemos la devastación de los padres que sobreviven a sus hijos, y lidian con esas tragedias inexplicables.
A nivel técnico, la película hace gala de una fotografía oscura, pero impecable, acompañada de un montaje inteligente que se apoya, como toda película de horror, en una banda sonora bien planteada, que va más allá de los golpes de sonido y la música tensa que advierte al espectador sobre un posible sobresalto.
Creo que sí, recordando a García Escudero, el director del filme, James Watkins, podría considerarse un “cineasta de la crueldad”, niños se suicidan crudamente bajo hipnosis. Pero a estas alturas del cine, no lo veo como algo despectivo, sino como una circunstancia contextual, tal vez las películas de horror no son tan taquilleras como hace 30 años, pero sí son un buen mecanismo de evasión.
Lo que tiene Watkins a su favor, además de una buena historia, son las ganas de Daniel Radcliffe por desvincularse de Harry Potter, a través de su conversión en un triste abogado sacudido por la pérdida de su esposa. El joven actor cumple bien su rol, aunque todavía cueste no relacionarlo con el famoso mago.
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