John Petrizzelli se arriesga en el mundo de la ficción, después de haber hecho una carrera estable con documentales. ¡Y vaya que se arriesga! Pues se le ocurre incursionar en los largometrajes con una comedia, un género difícil en donde siempre se corre el riesgo de ser chabacano o de, simplemente, no causar gracia.
El caso de Er relajo der loro, afortunadamente, no cae en lo chabacano. El guión de Petrizzelli recorre 50 años de la historia de Venezuela a través de los ojos de un loro que ha pasado por distintos dueños, cada uno con una historia. Sin duda, una idea novedosa ante el aplomado crecimiento del cine nacional.
El animalito es sacado de la selva amazónica y un comerciante italiano lo intercambia por una empanada en pleno puerto pesquero.
Su nueva dueña es María, interpretada comedida y acertadamente por Carolina Torres. Con ella y su esposo se muda a la capital en plena época dictatorial, en busca de mejores oportunidades.
Con la llegada de la democracia, el loro cambia de dueños y llega a casa de una familia que, con el paso del tiempo, logra alcanzar una buena posición social, pero por medios corruptos, llegando así trágicamente a la bancarrota.
Nuevamente el loro cambia de manos, pero esta vez llega a un misógino gay que lo agobia de tal forma que el ave sólo piensa en escaparse.
La historia del loro es trágica, cada dueño tiene distintas necesidades y defectos, pero su viaje es interesante, pues va mostrando poco a poco los cambios que ha sufrido Venezuela en las últimas décadas. Saliendo de un pequeño pueblito hasta recorrer a la Caracas actual, carente de color y llena de ranchos.
La estética de Petrizzelli es confortable. Blanco y negro, sepia, color… Cada época es acompañada por su adecuada tonalidad, aunque en ocasiones el montaje arruine dicha estética por los efectos artesanales que aún se implementan en el cine nacional.
Emilia Lovera presta su voz al loro, que cada vez que cambia de dueño también cambia de nombre. María lo llamó Empanadita, por haberlo intercambiado en el puerto. La familia González lo llama Democracia por haberlo conseguido en plena transición política. Y finalmente, el viejo misógino, interpretado por Alejo Felipe, lo llama Penélope.
Cada etapa es una crítica social y me parece que eso es lo más fascinante del guión. Los cambios políticos, la constante búsqueda de la felicidad y la resignación del animal en cautiverio nos muestran a una Venezuela con impresionantes altos y bajos, con ciudadanos que se dejan envolver en promesas al querer ver la bondad en todas partes y por otros que simplemente se aprovechan de eso.
Petrizzelli se ha arriesgado, ha hecho una comedia para toda la familia, pero sin abandonar los parámetros de crítica que debe tener un cine que se ha esforzado por ser el mero reflejo de la sociedad a la que pertenece.







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