Michel Hazanavicius luchó contra viento y marea para conseguir el financiamiento para su ambicioso proyecto de apariencia suicida: El Artista.
En unos tiempos dominados por deslumbrantes efectos especiales, tecnología en 3D hasta en la sopa y remakes innecesarios, el cineasta francés optó por hacer de los inicios del cine, su escenario ideal.
El resultado ha mantenido hechizada a la industria hollywoodense, quizás por la ausencia de propuestas verdaderamente novedosas, a lo que se podrían sumar la carencia de inocencia y el concepto inicial de la producción de cine: la auténtica fábrica de los sueños.
Pero el filme de Hazanavicius también va más allá. No es sólo una película en blanco y negro en pleno siglo XXI. Es una obra maestra inspirada en el cine de finales de los años 20, justo en la transición entre el cine mudo y la llegada de los parlamentos sonoros.
El Artista se centra principalmente en eso. Esa brecha entre las estrellas del cine silente, acompañado por música y por los diálogos escritos incrustados entre tomas; y el impacto de la aparición del cine hablado.
“Si eso es el futuro… ¡te lo puedes quedar!”, expresa el actor George Valentín (papel por el cual Jean Dujardin ganó el Oscar), seguido del titular en la prensa “Kinograph Studios cesará todas sus producciones mudas para dedicarse al cine sonoro”. Así empieza el ocaso del actor, eclipsado por las producciones habladas y, en este caso, protagonizadas por Peppy Miller, una joven actriz interpretada por la franco-argentina Berenice Bejo.
Romance, drama y comedia se unen para nutrir la pieza de Hazanavicius y así reflejar un poco cómo Hollywood se mira a sí mismo, el cine dentro del cine, a través de la caída en desgracia de Valentín y el ascenso de Miller, gracias a los avances tecnológicos.
“La gente está cansada de viejos actores haciendo muecas ante la cámara para hacerse entender… Fuera lo viejo, que venga lo nuevo”, replica Miller durante una entrevista previa a su gran estreno cinematográfico.
Mientras, en escenas siguientes, Valentín se sumerge en el abandono tras fracasar en la taquilla a raíz de la caída de la bolsa en 1929.
Cada escena, cada gesto, a veces exagerado para ir en consonancia con la época, da vida a un filme que pasará a la historia como una rareza, además perfectamente ejecutada por el director francés, logrando un final salvador de una tragedia que comenzó con risas.
No es un filme aburrido, como podría pensarse de una película con sus características. Los carismáticos actores se convierten en personajes inolvidables, el brillante Dujardin y la seductora y alegre Bejo hacen un dúo perfecto, acompañados por John Goodman y James Cromwell, dos actores magistrales.
Escenas de simbología pura, rumbo a convertirse en icónicas, son la mayor muestra de gracia e inteligencia del filme y si se ve sin prejuicios hará salir del cine con una sonrisa.







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